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13 min"Elia Acheri"

"Extracto Gratis: Los latidos que te robe — Capitulo 1"

"Lee gratis el capitulo 1 de esta intensa dark romance. Leonie esconde un secreto que destruye a un inocente. Sumergte en la historia."

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Capitulo 1 — Leonie

El claxon rasgo el silencio de la biblioteca. Tres segundos. Quiza menos. Un sonido corriente, banal: un conductor impaciente en la calle de abajo, nada mas. Para cualquier otra persona en esa sala, no significaba nada. Ruido de fondo urbano, olvidado al instante. Para mi fue el detonante. El corazon se me desboco. No como una metafora poetica de las que se leen en las novelas, sino como una realidad fisiologica brutal, visceral: un organo fuera de control, latiendo tan fuerte que lo oia en las sienes, en la garganta, en las munecas. La sangre me subio al rostro con una violencia casi dolorosa. La vision se estrecho, como si alguien apretara lentamente un tunel alrededor de mis ojos. No. Ahora no. Aqui no. Llevaba veinte minutos, quiza mas, mirando la misma pagina del manual de derecho civil. Las palabras bailaban ante mis ojos, negandose obstinadamente a cobrar sentido. Introduccion a las obligaciones. El contrato es un acuerdo de voluntades entre dos o mas personas destinado a crear, modificar, transmitir o extinguir obligaciones. Habia releido esa frase una decena de veces. Resbalaba sobre mi conciencia como el agua sobre un cristal, sin dejar la menor huella. A mi alrededor, la biblioteca universitaria de Lyon-III bullia con su actividad habitual. El crujir regular de las paginas al pasar. El tecleo de las laptops. Susurros ahogados entre estudiantes, a veces una risa sofocada a tiempo. El olor de los libros viejos —ese perfume de papel amarillento y encuadernaciones en piel— se mezclaba con el del cafe de contrabando que alguien habia metido a pesar de la prohibicion. Por los grandes ventanales de la segunda planta, la luz menguante de aquella tarde de noviembre proyectaba rectangulos dorados sobre las mesas de madera gastada. Todo era normal. Todo era perfecto, desesperadamente normal. Excepto yo. Aprete los punos bajo la mesa, clavandome las unas en las palmas hasta el limite del dolor. Era una tecnica que habia desarrollado a lo largo de los meses: ese dolor leve, controlado, que me devolvia al presente cuando la mente empezaba a derivar hacia aguas mas oscuras. Pero hoy no bastaba. El claxon seguia resonando en mi cabeza, mucho despues de haberse apagado en la realidad. Se superponia a otro claxon, el de aquella noche, el que aullaba sin fin en mis pesadillas. Los faros en el retrovisor. El Audi negro acercandose, siempre mas cerca. La carretera pasando demasiado deprisa bajo las ruedas, los arboles convertidos en sombras borrosas a cada lado. El grito de Yann... Para. Cuenta algo. Lo que sea. Las baldosas del techo. Uno, dos, tres... Levante ligeramente la mirada, sin dejar de contar. Diecisiete, dieciocho... veintisiete. Las lamparas suspendidas sobre las mesas. Ocho. Las personas visibles desde mi sitio. Once... no, doce: alguien acababa de sentarse junto a la ventana. Las grietas en la pared de enfrente, donde el yeso empezaba a descascararse. Siete. Los numeros solian calmarme. Transformaban el caos en datos, el vertigo en aritmetica. Era mi manera de sobrevivir desde hacia veinte meses. Veinte meses, tres semanas y cuatro dias, para ser exacta. Desde que todo se torcio, aquella noche del 15 de marzo en que mi vida se hizo pedazos en una carretera comarcal. Pero hoy los numeros no bastaban. Me levante tan bruscamente que la silla arano el suelo con un chirrido agudo que me hizo apretar los dientes. Algunas cabezas se giraron hacia mi —las senti mas que las vi, esas miradas curiosas o molestas, esos ojos que me juzgaban sin saberlo. La estudiante de derecho que no paraba quieta. La chica rara que pasaba mas tiempo en el bano que estudiando. Murmure una disculpa —«perdon, lo siento»— y agarre la bolsa con una mano que temblaba ligeramente. Nadie lo noto, o al menos nadie hizo ademan de notarlo. Los banos. Tenia que llegar a los banos. Se habia convertido en un reflejo condicionado, casi pavloviano. Cada nuevo lugar que frecuentaba, lo cartografiaba mentalmente nada mas llegar: las salidas de emergencia, los rincones tranquilos, los refugios donde poder derrumbarme lejos de las miradas. La biblioteca de Lyon-III me la sabia de memoria ya. Banos de la planta baja: demasiado concurridos. Banos del primer piso: cerca del mostrador de los vigilantes, riesgo de que me molestaran. Banos de la segunda planta, al fondo del pasillo junto al archivo: perfecto. Poco frecuentados, a menudo vacios. Mi santuario. Cruce la sala de lectura con un paso que esperaba normal, mesurado, mientras todo el cuerpo me gritaba que corriera. Las filas de estanterias desfilaban a ambos lados, esos grandes centinelas de madera cargados de libros que parecian inclinarse, acercarse, reducir el espacio disponible. La vision periferica se me nublaba cada vez mas. El suelo se mecia ligeramente bajo mis pies —o quiza era yo quien se mecia. Respira. Camina. Ya casi estas. El pasillo. La puerta con el pictograma femenino. La empuje con la mano humeda. Comprobe las cabinas por costumbre. Una, dos, tres. Todas vacias. Gracias a Dios, todas vacias. Me agarre al lavabo de porcelana blanca, los dedos crispados sobre el borde frio. Mi reflejo me miraba desde el espejo de encima: una chica de veintitres anos con los ojos demasiado grandes, rodeados de sombras violaceas, las mejillas demasiado palidas a pesar de la sangre que latia bajo la piel, el pelo castano escapandose del chongo deshecho. Una chica con cara de estar a punto de ahogarse. Respira. Respira. Pero los pulmones se negaban a cooperar. Se contraian, se cerraban, incapaces de aspirar suficiente aire. Cada inspiracion era una batalla perdida de antemano, cada espiracion una victoria irrisoria borrada al instante por la siguiente. La hiperventilacion. Conocia los sintomas de memoria: aceleracion del ritmo cardiaco, sensacion de asfixia, hormigueo en las extremidades, mareo, nauseas. El cuerpo preparandose para huir de un peligro que no existia —o mas bien, que ya no existia. Un fantasma de peligro, prisionero en la memoria. Las piernas me cedieron. Acabe en el suelo, la espalda contra la pared de azulejos, las rodillas pegadas al pecho. Las baldosas estaban frias bajo las palmas —esa sensacion glacial y dura que me anclaba a la realidad cuando todo lo demas se derrumbaba. Los dedos buscaron las juntas entre los azulejos, se aferraron a ellas como a una ultima certeza en un mundo que acababa de tambalearse. Es solo un ataque de panico. Has tenido docenas. Centenares, quiza. Sabes como funciona. Sabes que pasara. Siempre pasa. Pero la voz de la razon era tan debil, tan lejana, ahogada bajo el rugido de la sangre en los oidos, bajo el martilleo del corazon desbocado, bajo las imagenes que afluian a pesar de todos mis esfuerzos por rechazarlas. La carretera. La noche. La oscuridad total, apenas perforada por nuestros faros. Los arboles desfilando, espectros negros a cada lado. Y detras de nosotros, siempre detras de nosotros, los faros del Audi acercandose. Los ojos de Yann en el retrovisor. Veia su mirada de nuevo —ese terror que nunca habia visto en el, el que no le tenia miedo a nada, el que siempre se reia, incluso en las peores situaciones. Aquella noche habia tenido miedo. Por primera vez desde que lo conocia, habia visto el miedo en sus ojos. «Agarrate, Leo. Agarrate.» Su voz. Aun la oia, tan nitida como si fuera ayer. Esa voz que intentaba mantener la calma, que temblaba a pesar de todo. El chirrido de los neumaticos sobre el asfalto mojado. El olor a goma quemada invadiendo el habitaculo. El volante escapandosele de las manos, la parte trasera del carro yendose, esa sensacion horrible de deslizamiento, de impotencia total. Y luego el impacto. Ese ruido que no olvidaria jamas. El metal deformandose, el cristal estallando, la sacudida atravesando el cuerpo entero como una onda expansiva. Y despues el silencio. Ese silencio terrible, ensordecedor, tras el impacto. Ese silencio en el que comprendi, antes siquiera de abrir los ojos, que algo irreparable acababa de suceder. Se me escapo un sollozo, rasgando el silencio de los banos. Me tape la boca con la mano para ahogar los sonidos que subian, incontrolables, mezclandose con la respiracion erratica en una sinfonia de angustia. Yann. Su nombre cruzo mi mente como una hoja al rojo vivo, y el dolor fue tan agudo que me doble en dos, la frente contra las rodillas. Yann. Mi mejor amigo desde el instituto. Mi hermano del alma. El que me hacia reir cuando todo iba mal, el que siempre encontraba las palabras justas, el que me habia abrazado tantas veces cuando el mundo era demasiado duro de afrontar. Yann, que tenia veintitres anos y toda la vida por delante. Yann, que queria ser veterinario, que amaba a los perros callejeros y las causas perdidas. Yann, que ya no estaba. Yann, que ya no estaria nunca mas. Por mi culpa. Conte las baldosas bajo los dedos. Uno, dos, tres... doce. Luego las grietas del techo. Cuatro. Luego mis propias respiraciones, una por una, hasta que los numeros reemplazaron al panico, hasta que la aritmetica sofoco los recuerdos. No supe cuanto tiempo me quede asi, encogida en el suelo frio de los banos. Lo bastante para que las lagrimas se agotaran, dejando sobre mis mejillas surcos salados. Lo bastante para que la respiracion recuperara un ritmo mas o menos normal. Lo bastante para que la verguenza empezara a mezclarse con el alivio —esa verguenza familiar de haber vuelto a derrumbarme, de seguir siendo esa chica rota incapaz de soportar un simple claxon. El celular vibro en el bolsillo de mis jeans. Lo saque con una mano aun temblorosa. La pantalla mostraba un mensaje de Camille. 16:23: Voy a buscarte. Quedate donde estas. ¿Como lo sabia? Siempre lo sabia. Algo en mi forma de salir de la sala, quiza. O simplemente esa conexion entre nosotras, forjada en anos de amistad y en estos ultimos veinte meses de secretos compartidos. Teclee una respuesta con dedos torpes: Banos 2a planta. Estoy bien. La mentira mas gastada de mi repertorio. La repetia tan a menudo que casi habia perdido todo sentido.


Camille me encontro cinco minutos despues. Empujo la puerta de los banos sin llamar, la mirada barriendo rapidamente el espacio antes de localizarme. Seguia sentada en el suelo, la espalda contra la pared, los brazos alrededor de las rodillas. No dijo nada. No hizo preguntas inutiles. Se sento a mi lado, su hombro contra el mio, su presencia calida y solida como un ancla en la tormenta. Bajo la luz cruda de los fluorescentes, su pelo pelirrojo llameaba, la unica nota de color en ese espacio blanco y frio. El silencio se alargo entre nosotras, pero no era un silencio pesado. Era un silencio de complicidad, de comprension. El silencio de alguien que conoce tu dolor sin necesidad de que se lo expliques. —Un claxon —murmure por fin—. Solo un estupido claxon en la calle. —Lo se. —Es tan patetico. —No es patetico. Lo decia cada vez, con la misma conviccion serena. Y cada vez, no la creia. Fuera, en el pasillo, resonaban pasos. Voces apagadas. La vida normal que continuaba, indiferente a mi angustia, como continuaba siempre. —No puedes seguir asi —dijo Camille al cabo de un rato. Su voz era suave pero firme—. Lo sabes, Leo. —Lo se. —Han pasado veinte meses. Casi dos anos. —Lo se. —Las crisis son cada vez mas frecuentes. No duermes. ¿Cuantos kilos has perdido desde septiembre? ¿Cinco? ¿Seis? No respondi. Tenia razon, en todo. Pero tener razon no cambiaba nada. —Entonces haz algo —insistio—. Lo que sea. Pero haz algo. Cerre los ojos. Porque «hacer algo» significaba hablar. Hablar de verdad. Y hablar significaba revelar lo que llevaba escondiendo veinte meses. La verdad sobre aquella noche. Sobre el accidente. Sobre lo que nunca le habia dicho a nadie. Sobre Mathis. Sobre el hombre inocente que se pudria en prision por un crimen que no habia cometido. Por culpa de mi silencio. —Tengo una idea —dijo Camille, rompiendo el hilo de mis pensamientos—. Ven conmigo a Riviere-Azur. En las vacaciones de primavera. A casa de mis padres. Riviere-Azur. Su pueblo natal, perdido en algun lugar entre las colinas del sureste, entre Valence y las primeras estribaciones de los Alpes. Me hablaba de el a menudo: el rio serpenteando entre las casas de piedra, los vinedos cubriendo las laderas, el silencio de las noches sin contaminacion luminica. —Lejos de Lyon —continuo—. Lejos de la facultad, de los examenes, de... de todo lo que te lo recuerda. No acabo la frase. No necesitaba hacerlo. Las dos sabiamos lo que queria decir. Lejos de el. Lejos de Mathis. Aunque Mathis estuviera en prision, aunque ya no pudiera alcanzarme fisicamente, su presencia acechaba en cada esquina de esta ciudad. La cafeteria donde nos conocimos. El departamento que compartimos durante dos anos. Las calles que recorrimos juntos, cuando yo aun creia en la felicidad, antes de descubrir al monstruo bajo la mascara del principe azul. —No puedo huir eternamente —murmure. —No es huir. Es tomar aliento. Es alejarte para ver mejor, para pensar mejor. Tienes derecho a darte eso. Abri los ojos y mire mi reflejo en el espejo sobre el lavabo. Esa chica que habia perdido tantas cosas en veinte meses: a su mejor amigo, su inocencia, su capacidad de dormir una noche entera sin despertarse gritando. Esa chica que cargaba con un secreto demasiado pesado para sus hombros. Pero esa chica seguia aqui. Seguia en pie. Aunque encogida en el suelo frio de una biblioteca universitaria. —Sale —dije. La palabra salio antes de que tuviera tiempo de retenerla, de sopesarla, de arrepentirme. —¿Sale? —repitio Camille, con los ojos muy abiertos de sorpresa. —Sale. Voy contigo. A Riviere-Azur. La sonrisa que le ilumino la cara casi valia el precio de la confesion. Me abrazo fuerte, como si tuviera miedo de que cambiara de opinion —y quiza tenia razon en tenerlo. Porque esa noche, cuando me dormi en mi pequeno estudio de la Guillotiere, tuve la misma pesadilla de siempre. La carretera. Los faros. El grito de Yann. Y el rostro de Mathis en el retrovisor del Audi. Ese rostro que nunca le habia descrito a nadie. Ese rostro que me condenaba al silencio desde hacia veinte meses.


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